"Hubo un tiempo en el que los futbolistas eran héroes"

"Hubo un tiempo en el que los futbolistas eran héroes"
Un jugador reflexivo

El fútbol como arte heróico


Visión metafísica del fútbol


Fútbol utópico


Arte y deporte


Atención


LOS PROPÓSITOS FELICES.

“no es tanto el pasado lo que nos acecha, sino las imágenes del mismo”.
George Steiner.

Hubo un tiempo en el que los futbolistas eran héroes. Y como buenos personajes épicos se presentaban ante el enemigo de frente, sonrientes o cabizbajos, pero siempre con las manos entrelazadas tras espalda. Ahora, con la feminización de los arquetipos, el futbolista es más un modelo de pasarela que un ente masculino que debe librar un combate en el césped. También la misma industria del espectáculo los ha ido convirtiendo, poco a poco, en números inscritos en una camiseta. Por eso posan de espaldas. Sobre sus hombros, que no en las piernas, descansa la categoría de su éxito personal. Un crack (término que extraigo de la jerga de los periodistas deportivos) no sólo debe meter goles; debe vender prendas de vestir, uniformes con los que adherirse a su éxito y que un aficionado se puede enfundar, previo pago, a precios desorbitados. Acabo de bajar a la calle a comprar tabaco (Cruyff también fumaba en el banquillo) y me he encontrado con un señor que vestía una camiseta de la selección Argentina. Por supuesto, en cuanto nos hemos cruzado, me he girado para ver su número. ¡Bingo!. Era el diez. Vestir esa camiseta, o cualquier otra, es toda una declaración de principios. Quien porta esos códigos numéricos lanza mensajes implícitos sobre su personalidad. Este hombre (o mujer), convertido en emblema, interactúa con su entorno a través de una indumentaria deportiva con la que nos habla como individuo alineado en la lógica de las ventas. Otros aficionados (también otros futbolistas) andan locos por las camisetas sudadas tras los partidos. Así se puede conseguir lo inefable, aquello que alienta buena parte de las emociones: el olor y el pringue que trasmite el sudor de los futbolistas. El fanatismo por el número ha llegado a tal extremo que la mujer de un jugador del Real Madrid (uno de los pocos que han salido de su cantera) se lo ha tatuado en la muñeca; eso sí, con decorativos números romanos. Así piensa asirse a su esposo de por vida.

Pero hubo un tiempo, en el que las cosas no eran así. Los colorines dominicales (ahora casi diarios) se festejaban alejados de las bobadas de la prensa rosa. El estilismo deportivo descansaba sobre arquetipos personales en los que prevalecía una cierta moral que fue el germen de intrincadas asociaciones políticas en la España de la dictadura y los nacionalismos encubiertos. Aquellos futbolistas salían al campo como una piña. Este pequeño ejército se cuadraba ante los fotógrafos deportivos antes de empezar el partido. Todos juntos, de frente, mirando a la cámara como un sólo hombre, como un equipo de anónimos notables. Presidía una cierta rigidez en aquel orden y fue muy sencillo trasladarlo al fútbol quimérico practicado en el salón: el futbolín. Sin embargo, aquella rigidez quedó disuelta por una mano que hizo soñar a todo un país: “la mano de Maradona”. Desde entonces nada sería igual, la pasión por el fútbol se extendería como una mancha de aceite por el planeta. Lo que cambió las reglas globales del espectáculo futbolístico fue esa electrificación televisiva del acontecimiento en directo. Ahora se imponía el garabato, la curva diestra del saltimbanqui que no perdía el balón porque era capaz de conducirlo, de cualquier forma y con cualquier parte del cuerpo, hasta el fondo de la red. Poco va quedando de aquellos hieráticos soldados del balón, uniformados con sus camisas planchadas y sus anchos calzones negros o blancos, capaces de hacernos sentir que la única victoria importante es aquella que se puede perder. Aquellos deportistas, que trotaban sin desmayo sobre la arena de Las playas del Norte, vuelven convertidos en protagonistas de la última aventura pictórica de Salvador Torres. Frente al registro de la novedad, el pintor se posiciona cuando vuelve su vista hacia las ceremoniosas imágenes del pasado. También, en esa exposición, Torres se atreve con la escultura y plantea una serie de piezas de aluminio, figuras recortadas que después pinta al óleo. Estos jugadores no tienen un tamaño real. El artista, alentado por las premisas del desaparecido Juan Muñoz (magnífico artista que poblaba los contenedores de arte contemporáneo con enigmáticos enanos de rasgos orientales pintados de blanco), cree que una figura humana sólo queda convertida en objeto si la alejamos de la escala humana. Ahí está el secreto de sus diversos tamaños.

Estos jugadores de antaño, a los que homenajea Salvador Torres, nos recuerdan que el fútbol era una contienda entre iguales. Rivales que se enfrentaban delimitados por estrategias cartesianas cercanas a la batalla de contrarios por antonomasia: el ajedrez. Si la memoria es un lugar, a ella remite el pintor con su juego de colores. Por ello, aparecen en estas escenas del pasado reciente, casetas de playa pintadas en rojo y blanco; colores que nuestra memoria asocia con la aviación, los altos vuelos de la distinción. Estas compactas estructuras arquitectónicas carecen de puerta. Pareciera que más que enigmas por resolver, son paquetes con regalos que todavía no han sido abiertos. De la misma manera, lindes bicolores separan el cielo de la tierra, el agua de la arena, para delimitar el espacio de los ensimismados personajes que más que jugar, pareciera que sueñan el juego. Su introspección melancólica nos lleva a atisbar no sólo las virtudes del éxito, sino también las mieles del fracaso. Acaso el mejor gol es aquel que nunca estalló contra el rectángulo de la portería; aquel que quedó convertido en un grito agónico y no pudo, finalmente, convertirse en una plegaria agradecida de la masa.
Mara Mira

Dos equipos


Anónimo


Flashes


Saque de honor